miércoles, 18 de febrero de 2009

Durante un tiempo feliz, solía ir con alguna frecuencia a las playas de levante. El coche, siempre lo conducía ella, de forma segura, rápida y a veces temeraria.
Este poema ya tiene cuatro o cinco años. Está inspirado en el temor a la inminente hostia emboscada en cualquier adelantamiento o curva. -Qué bien conduces, mi amor, le decía yo, mientras mi mente diseñaba un epitafeo.


Voces que ya no existen
envían una algarabía de silencios
como bienvenida
a mi recién estrenada tumba.

Y yo, con la sequedad que me caracteriza
menosprecio tan cordial recibimiento.

Mis narices siguen impregnadas
del olor a jazmín suspendido en el anochecer
de aquella carretera sin párpados
que se encaprichó de mí
y situó delante del coche
una palmera desnuda, descalza y silenciosa
que puso exquisito cuidado
en no despertarme.

3 comentarios:

pacopeco dijo...

Quizás sea así,como tú lo cuentas.
Buen poema Pepe.

Anónimo dijo...

jajaja acabo de leerte. Siempre pensé que eras el único que confiaba en mi manera de conducir.
Al fin y al cabo solo estuvimos una vez a punto de pegárnosla y no fue culpa mía, fue de una chica que se salto un stop, ¿recuerdas el gran susto aquella tarde en la furgoneta?.

SIEMPRE NOS QUEDARÁ ALFAZ DEL PI!
Un gran abrazo.
Teresa.

Premio consuelo para Lucía Folino dijo...

¿eramos muy malos poetas, verdad que sí?

Ahora hemos aprendido algo de técnica para envolver chucherías.

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paquétecuento from 11 mar 2008


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