Algo me dice que debo controlarme. Que horrible es ese verbo: controlar. Que no es cuestión de rellenar el muro con empalagosodades amorosas, de hacer el ridículo volcando aquí travestidos de poema las maravillosas sensaciones que estoy teniendo estos días. Me he burlado muchas veces de los taxidermistas del amor, pero nadie va a pararme. Mi felicidad es perfecta y creciente. Soy vulnerable, y necesito gritarlo, pintarrajearlo, estoy ilusionado,y tengo miedo, estoy en una nube maravillosa que me ha desencabronado, desplastificado en la que hay lenguas, pezones, ojos entornados, y te quieros, muchos tequieros, maravillosos y necesarios tequieros y, me encanta compartirlo y resultar patético, y vomitivo, y llorón, y ñoño, y dulzarras, iluso, y sensiblero, y tener miedo. El miedo sólo se tiene cuando hay algo importante que perder, y ahora lo tengo.
El coste de la dignidad: El árbol de los zuecos (L’albero degli zoccoli,
Ermanno Olmi, 1978)
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Una anécdota mínima pero elocuente sirve de metáfora visual al conjunto de
esta sobrecogedora crónica de la dura y sacrificada vida de un grupo de
familias...
Hace 1 día